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PUBLICAN EL ATRIL DEL MELÓMANO, DE LUIS IGNACIO HELGUERA, UN VASTO RECORRIDO POR LA APRECIACIÓN DEL LENGUAJE MUSICAL

El volumen reúne textos que el autor escribió para publicaciones como las revistas Vuelta y Pauta (1990-1996), El Semanario Cultural de Novedades y el periódico El Nacional

2016-11-10 00:05:58.-
Desde afuera nos llegan sonidos indecisos indefinidos en sí mismos, el recorrido que hacen pasa inmediatamente por la estructura que nos constituye y que es el desarrollo del comprender: la interpretación.
Todo lo percibido, no importa si nos es conocido, tiene un área de extrañeza por interpretar y todos estamos condenados a interpretar. Por ejemplo: aquellos que pueden leer una partitura y encontrar el sentido de una obra musical, aunque sea el compositor mismo, se enfrentará a una serie de interrogantes que resuelve a través de su intuición, de la sensibilidad, su experiencia, su cultura, pues todo el sentido de la música depende de la manera como esos signos sean convertidos en música. Son los intérpretes portadores de significados latentes; parafraseando a Pablo Casals, en la partitura la música está por hacerse, es la ejecución la que proporciona a la obra la plenitud de la existencia sensible y convierte en real su existencia ideal.
Agregaremos que también quien escucha interpreta, el significado y los sentidos que para él se actualizan tienen mucho de re-creación. Así pues, los textos orquestados en el libro de Luis Ignacio Helguera, Atril de melómano, editado por la Secretaría de Cultura son una extensa composición hecha a partir de la interpretación del lenguaje musical y de sus creadores, lo que éste y éstos dicen a un amante de la música, permitiendo al lector escuchar otros sonidos, tal vez los más profundos.
Atril del melómano se compone de delicados textos publicados en la revista Vuelta (1993-1996), otros vienen de Pauta (1990-1996), de la columna Atril de la sección cultural de El Nacional, de la revista Textual, de la columna Música del suplemento El Semanario Cultural de Novedades y de programas de mano para la Orquesta Sinfónica Nacional.
La variedad resalta en los títulos de los capítulos que dividen estos escritos: Imágenes y viñetas, Temas con variaciones, Notas sobre libros, conciertos y composiciones, Páginas de músico, y por supuesto, Coda.
En una realidad en la que la pausa fue vencida por lo inmediato, en la que el timbrazo o la vibración invaden groseramente el silencio y la concentración, se pierde sin duda tanto sensibilidad como formas artísticas tales como el género epistolar. La sonoridad también llegaba por otros caminos, tan es así que parte de la arqueología musicológica se centra en las cartas que los músicos escribían.
En El buzón sonoro, Luis Ignacio Helguera discurre en torno al valioso vínculo entre lo artístico y lo documental de las cartas como fuente de primera mano sobre la gestación de las grandes obras musicales. Igualmente aportan el entorno biográfico, histórico y vivencial del músico. ¿Qué mejor testimonio del carácter firme y colérico de Beethoven, de la hipersensibilidad y patológica melancolía de Chopin, o del gradual enloquecimiento de Hugo Wolf que sus propias cartas?. Por las cartas sabemos de la miseria característica en la que han vivido durante siglos la mayoría de los compositores, y de su esclavitud hacia la aristocracia. Que el excesivo trabajo reclamó las vidas de Weber, Mozart y Puccini (este último enterrado por Turandot). Saber de las inteligentes reflexiones sobre el arte, en estilo romántico de Mendelssohn o Schumann, de la humildad de Brahms y la petulancia de Schoenberg, sólo se consigue a través de sus escritos. La recomendación de Helguera es la recopilación de Hans Gal, The Musician´s World. Letters of Great Composers, traducida al español por Juan Almela (El mundo del músico. Cartas de grandes compositores).
Bártok murió a sólo 16 compases de terminar el Concierto núm. 3 para piano y orquesta, digamos que fue su frase antes de morir. Mahler, por su parte, murió gritando: ¡Mozart! ¡Mozart!. Puccini, previsor y certero alcanzó a dejar un recado Si no llego a terminar la ópera (se refería a Turandot), alguien saldrá al escenario y dirá: Puccini compuso hasta aquí, luego murió, voluntad cumplida durante el estreno por Toscanini.
Fueron una suerte de epitafios, su marca personal en una época en que el último aliento estaba reservado a ser un sello que redondeara una vida y una personalidad; las Frases en el lecho de muerte es una breve antología afinada por Helguera para sonorizar el final de algunos compositores.
Las anécdotas que recoge Helguera son exquisitas, como la que ocurrió en Varese una noche de primavera en 1913. Habiéndose reunido para orquestar al alimón La Khovanshchina de Mussorgski, Ravel y Stravinsky salieron a una excursión a ese poblado, al caer la noche buscaron refugio en un hotel que solamente tenía una habitación con una cama. Durmieron entonces dos genios en una misma cama. De aquellos cerebros acababan de salir Daphnis et Chloé y Le Sacre du Printemps. Como eran ambos notablemente menudos, habrán dormido muy bien, entre transfusiones oníricas de La Khovanshchina.
Un fauno centenario es un texto escrito para celebrar que a 100 años este fauno rociado con perfume francés, conserva intactos su poder seductor, su fuerza juvenil, su charme. Nada parecido existía hasta entonces en la música, anota Helguera, cuando se estrenó el Preludio a la siesta de un fauno en diciembre de 1849 en París. Marcada por el desconcierto de Mallarmé (cuya égloga fue la inspiración), de los críticos y del público, pues se dice que sólo mereció abucheos. La obra de Debussy significó el Preludio al amanecer de la música moderna. Por la novedad de la estética del lenguaje, de la sintaxis; por la irrespetuosidad al tono; por el nuevo concepto de expresividad como sugestividad; por la espiritualización de lo sensible y lo sensual, por las sucesiones de acordes no encadenados según los cánones clásicos, este poema sinfónico de 10 minutos propuso una respiración nueva para el arte musical.
Para qué consagrarse a Platón -dice Cioran- cuando un saxofón puede también hacernos entrever otro mundo, en el artículo titulado Cioran y la música, Luis Ignacio Helguera recupera el leitmotiv de las ideas del filósofo rumano, a través de varios aforismos. Como provocación, pero sobre todo, señala, Helguera, obsesión, la música suena como campanadas en la amarga obra de Cioran, emparentado espiritualmente con Kierkegaard, Schopenhauer y Nietzsche, en el abandono del lenguaje en favor de un lenguaje sonoro, abstracto, infalible: la música. Fue ella el reducto indestructible, la ventana de la fe, Si hay alguien que debe todo a Bach, ése es Dios y la mejor arma mortal Cómo me gustaría que la música me diera muerte, para castigarme por haber dudado de la soberanía de sus maleficios.
Y aparece también entre estos textos el miserable empedernido, el poeta, enumera Helguera, de las alcantarillas, redentor de la inmundicia, de los borrachos y de las malas palabras, rey de la literatura underground, en el artículo titulado: Charles Bukowski y la música. No hubo tras su obra la música marginal o del momento, no, a él le hablaban en su cuarto Sibelius y Beethoven. Presentes están los rastros de Tchaikovsky, Brahms y Chopin. Lejos del estruendo de Woodstock, de la gente, Bukowski se definía así: Soy ante todo un solitario, un viejo borracho que prefiere beber solo, con algo de Mahler o Stravinsky en la radio quizás.
Fuera de la dimensión puramente artística, a la actividad musical no le basta el sonido, sino que demanda asimismo la edición, la difusión y discusión de las ideas, la documentación, la historia, el análisis, la crítica, por ello, el artículo Nuestra música, se centra en la revisión de una de las revistas culturales dedicadas a la música, las cuales, subraya Helguera, merecen una mayor atención, como la reedición facsimilar que hiciera el Conaculta y el INBA, de las revistas La Armonía (1886-1867)y Nuestra Música (1946-1952). Atendiendo a aquellas necesidades, el compositor Rodolfo Halffter, los musicólogos Adolfo Salazar y Jesús Bal y Gay, junto con cuatro compositores mexicanos: Carlos Chávez, José Pablo Moncayo, Blas Galindo y Luis Sandi, fundaron la revista Nuestra Música. No sólo difundía la obra de estos artistas, sino las tendencias de la música moderna, bajo las razones dadas en el primer número: Consideramos nuestra en primer término la música que escribimos nosotros mismos y luego aquella que admiramos. Fue una odisea sonora, que en el México nacionalista de los años cuarenta sonara Schoenberg, y la revista tuvo un contenido y una altura hasta entonces desconocida en nuestro país.
Dos cualidades deben destacarse en un melómano: su conocimiento y la generosidad con que lo reparte. Los viajes y los sentidos que comparte; y siempre queda tras estas pláticas, la necesidad de escucharlo todo otra vez y la pregunta ¿qué discos me llevaría a una isla desierta?.
Luis Ignacio Helguera, (Ciudad de México, 1962-2003), fue poeta, ensayista y crítico musical. Publicó Traspatios (1989); Minotauro (1993); Antología de poemas en prosa en México (1993); Murciélago al mediodía (1997); y los libros póstumos, Peón aislado. Ensayos sobre ajedrez (2006); Zugzwang (2007) y De cómo no fui el hombre de la década y otras decepciones (2010). Escritor de corto aliento como se definía, logró imprimir un sello personalísimo, el estilo de alguien que vive en y por la música.
Luis Ignacio Helguera, Atril del melómano Conaculta, México, 2015. 344 pp.
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