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1968 y #YoSoy132: cruces de la memoria

Mis padres fueron 1968, #YoSoy132.

2013-10-02 14:39:07.-

Por: César Alan Ruiz Galicia

Lo que es reprimido siempre encuentra formas de regresar. Y menos mal, porque también los malos gobiernos tienden a volver.

Éste 2 de octubre me remite a las trampas de la memoria, a sus ironías y actualizaciones. Sobre todo, me permite asistir al privilegiado espectáculo de la intersección entre dos generaciones que han vivido un Aleph -punto que contiene todos los puntos, lugar que resume todos los lugares- que empalma un insólito corsi e recorsi de la historia.

Hace muchos años escribió el veterano Armando Bartra -es decir, el joven Armando- que un Aleph social es una experiencia extática que contiene todas las experiencias y permite compartirlas para ser otro sin dejar de ser yo. Sería un momento de comunicación plena en el encuentro con la colectividad que sublima en una experiencia que se narra una y otra vez de generación en generación: es encontrar realizada la promesa de unidad en la comunidad política. El sociólogo François Chazel lo expresa de modo clarificador: hay estimulantes caracterizados por el hecho de que su disfrute solo puede ser colectivo. La movilización es uno de ellos.

Para los jóvenes de hoy, 1968 es un parteaguas. Más que una fecha, se ha convertido en una citación y su sola mención remite a la época en que la lucha estudiantil alumbró dolorosamente la democratización política, evento fundacional del México moderno. La consigna 2 de octubre no se olvida se ha vuelto una referencia de la cultura política y como causa convoca desde hace mucho a miles de jóvenes a marchar de Tlatelolco hasta el Zócalo.

Cada año ahí nos vemos para gritar que volvimos. Corremos para insinuar que estamos listos para lo que venga. Levantamos el puño para reclamar nuestra heredad.

La Historia es un ángel de dos cantos: mientras que su relato permite saber quienes somos y nos saca del vacío, en ese mismo acto nos inculca pesos y responsabilidades. El 68 es un aura, así como también una herida que no cierra. No olvidar es un síntoma de apego a una dinámica perversa: al aferrarnos a un relato estaríamos condenados de antemano a repetir su narrativa; sobrevendría la represión y se impondría la lógica que postula que el avance solo llega mediante víctimas propiciatorias y a costo de sacrificios insoportables.

Hasta mayo del año pasado, muchos queríamos vivir una era de transformación semejante a las crónicas de 1968. Cuando escuchamos nuestro propio llamado, hubo un punto en que preferimos ser nosotros mismos. Otros no lo entendieron.

Las semejanzas entre 1968 y #YoSoy132 no son pocas. En ambos movimientos se lucha por demandas no estrictamente estudiantiles, sino más amplias. También se parecen en la tensión que provoca la distancia entre la democracia de postín y la democracia real. En ambos momentos se lucha a contrapelo de las mentiras de la prensa y también los dos casos forman parte de una cadencia de movilizaciones internacionales.

Por otra parte, es cierto que el contexto cambió y los horizontes históricos son muy distintos. Con sus irregularidades y asegunes, desde el 68 a ésta parte se elevó el piso mínimo común en Derechos Humanos, respeto de las libertades y aumento de las fuentes de información. También se ha desarrollado una sensibilidad pública más consiente de sí misma y una red de solidaridad que sirve de tinglado para el apoyo de los movimientos sociales emergentes.

Vivimos entonces una mezcla de ausencias y permanencias. Por eso andamos un poco entremundos y cuesta sacar cuentas claras de nuestro papel. ¿Debemos hacer un partido? ¿Hay que sumarnos a las filas de la burocracia? ¿Organizamos una ONG? ¿Es mejor ocuparnos de otras cosas en lo que pasa el sexenio? ¿Nos adaptamos al status quo y empezamos a injuriar las ilusiones que enarbolamos? ¿Volvemos a cruzar caminos ya transitados?

Temo que no tengo una respuesta para esas preguntas. Ni siquiera respecto a mí mismo. Pero en gran medida ésta generación tendrá que ser creativa y rascarse con sus propias uñas sin caer en el conformismo de sumarse al lugar común. Por otra parte, es claro que hay puntos de quiebre: si salimos a las calles es porque presentimos que existe la necesidad de actuar en éste momento y no mañana. Ahí están las reformas estructurales con su lógica económica privatizadora y su política mutatis mutandis. Ahí los medios cultivando la polarización contra los maestros. Ahí el gobierno de la Ciudad de México convirtiéndose en una caricatura de la bandera progesista. Tenemos mucho por hacer.

Existen cosas en éste mundo que nunca se irán del todo, que aún enterradas en su propio silencio permean el ambiente y retornan como por asalto. Annie Cohen en El edifico invisible habla de los ríos subterráneos, esos que muertos y enterrados, siguen dibujando el paisaje con el trazo organizado de los Álamos del muelle o bien en la ligera desnivelación de las calles. Es la influencia perpetua de lo invisible en lo presente. En ese sentido, somos una colección de voces que se arremolinan para cruzar por nuestros labios. Si no me creen, vayan a Tlatelolco o al Zócalo a pasear un domingo por la mañana y sentirán ese bullir de los otros en el peso de la atmósfera, su persecución en el resonar de nuestros pasos, su abalanzarse en la sombra de los inmuebles que se prolonga bovinamente hacia las 11...

Esta es mi historia, la de los ciclos del fuego: mantener viva la llama que encendieron y protegieron generaciones anteriores, resguardándola para el bien de la tribu. Nos toca a nosotros, pero a nuestra manera. Por mi parte, no le diré a mis hijos que viven como viven porque su padre no hizo lo necesario cuando la realidad salió a su encuentro. ¿Cómo verán ellos a ésta generación? No lo podemos saber. Lo que es cierto es que #YoSoy132 tomó las calles y ahora también va por el imaginario.

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